TECNOLOGÍA O NO SER?, ESA ES LA CUESTIÓN?.





“[…] en la medida en que el hombre construye

técnicamente el mundo como objeto, se obstruye

voluntaria y completamente el camino hacia

lo abierto (la presencia del ser en su verdad),

que de todas formas ya está bloqueado.

El hombre que se autoimpone es asimismo,

quiéralo o no, sépalo o no, el funcionario de la técnica.-”

Martín Heidegger


¿Tecnología o no-ser?

Fuerza vital, sacrificio corporal y encantamiento técnico en la modernidad tardía



En el año 2011 diversos medios internacionales difundieron una noticia que generó asombro y polémica: un joven de diecisiete años, residente en la provincia china de Guangdong, confesó haber vendido uno de sus riñones por aproximadamente tres mil dólares con el objetivo de adquirir una tableta iPad de última generación. El hecho fue abordado mayoritariamente desde dos perspectivas: por un lado, como una consecuencia del tráfico ilegal de órganos y de la desregulación jurídica en determinados países; por otro, como una manifestación extrema de la desigualdad económica global.

Sin embargo, más allá de estas lecturas —sin duda pertinentes— el acontecimiento plantea una pregunta de orden filosófico más radical: ¿qué estructura de sentido hace posible que un dispositivo tecnológico se convierta en un bien deseable al punto de justificar la mutilación voluntaria del propio cuerpo?

El presente trabajo propone leer este gesto no como una excentricidad individual, sino como un síntoma revelador del vínculo contemporáneo entre técnica, deseo y subjetividad, en el cual la fuerza vital humana se convierte en mercancía intercambiable y el objeto técnico adquiere un estatuto cuasi-sacral.


La reflexión de Martin Heidegger resulta fundamental para comprender el trasfondo ontológico del fenómeno analizado. En La pregunta por la técnica, el filósofo alemán advierte que la técnica moderna no debe ser entendida simplemente como un conjunto de instrumentos, sino como un modo de desocultamiento del ser, es decir, como una forma específica en que el mundo se manifiesta y se organiza (Heidegger, 1997).

En este marco, la técnica moderna reduce lo ente a fondo disponible (Bestand), algo siempre listo para ser explotado, optimizado y consumido. Este proceso no excluye al ser humano, que pasa a concebirse a sí mismo como recurso energético, funcional y cuantificable. Heidegger señala con precisión que el hombre moderno, aun creyéndose señor de la técnica, deviene en realidad su funcionario, ejecutor inconsciente de su lógica.

La cita que abre el texto original —“el hombre que se autoimpone es asimismo […] el funcionario de la técnica”— adquiere aquí pleno sentido: el joven que vende su riñón no actúa fuera del sistema técnico, sino en su interior más coherente. Su cuerpo es integrado al circuito de disponibilidad que rige al mundo técnico.


Uno de los ejes conceptuales más relevantes del texto que aquí se fundamenta es la noción de fuerza vital como recurso finito. Todo ser humano dispone de una cantidad limitada de energía psico-corporal que se sostiene mediante la alimentación, el descanso y el cuidado del cuerpo. Esta energía es, en las sociedades modernas, parcialmente vendida en el mercado laboral a cambio de un salario.

Este fenómeno fue analizado tempranamente por Karl Marx bajo la categoría de fuerza de trabajo, entendida como mercancía peculiar, ya que su consumo implica el desgaste de la vida misma (Marx, 2002). Sin embargo, en la modernidad tardía, este proceso se intensifica y se extiende más allá del ámbito laboral, alcanzando la totalidad de la existencia.

La venta de un órgano vital constituye una radicalización de esta lógica: el cuerpo deja de ser solo el soporte del trabajo para convertirse directamente en objeto de intercambio. Aunque se suele afirmar que una persona puede vivir con un solo riñón, la pérdida implica una reducción real de la capacidad vital, una limitación permanente de la energía corporal. El sacrificio no es simbólico: es material, irreversible y encarnado.


Hannah Arendt describió al Homo laborans como aquel cuya vida queda absorbida por el ciclo interminable de la producción y el consumo (Arendt, 1993). En la era de la hiper-tecnologización, esta figura se transforma en lo que podríamos denominar un Homo laborans-laborans, es decir, un sujeto que trabaja no solo para satisfacer necesidades básicas, sino para sostener un deseo permanentemente renovado de objetos técnicos.

La lógica de la actualización constante, de la obsolescencia programada y del lanzamiento continuo de novedades genera un círculo vicioso: el salario nunca alcanza, el tiempo nunca es suficiente y el cuerpo comienza a manifestar signos de desgaste patológico. El ocio creativo, la vida contemplativa y la experiencia del límite quedan progresivamente erosionados.

En este contexto, la tecnología promete aliviar la angustia existencial —mediante el entretenimiento, la conexión permanente o la ilusión de control—, pero termina profundizándola, al exigir cada vez mayores sacrificios de tiempo, energía y vida.


Un rasgo central del fenómeno analizado es el encantamiento tecnológico. El objeto técnico deja de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo, investido de un alto valor simbólico. Poseer el dispositivo adecuado otorga pertenencia, reconocimiento y una sensación momentánea de poder.

Este proceso puede interpretarse como una forma de sacralización secular: el objeto tecnológico ocupa el lugar que en otras épocas correspondía a lo sagrado, ofreciendo promesas de plenitud, omnipotencia y trascendencia. El sujeto, al identificarse con el objeto, se percibe a sí mismo como ilimitado, olvidando su condición finita, vulnerable y corporal.

Sin embargo, como señala el texto original, esta divinización es ilusoria. El “dios tecnológico” es un dios caricaturesco, cuya aparente soberanía encubre una profunda forma de esclavitud: la subordinación total a la lógica del sistema técnico.


La técnica moderna impone una relación específica con el tiempo: el imperativo del ahora. La espera, la formación lenta, el proceso y la maduración quedan desvalorizados frente a la urgencia de la actualización inmediata. “Hoy o nunca” se convierte en la consigna tácita del deseo tecnológico.

El joven que vende su riñón no puede esperar años para estudiar o trabajar: el dispositivo debe ser adquirido antes de quedar obsoleto. Esta aceleración temporal anula la posibilidad de proyecto existencial y conduce a decisiones desesperadas, en las que el futuro se sacrifica por un presente fugaz.


El análisis aquí desarrollado no pretende adoptar una postura tecnofóbica. La técnica ha ampliado de manera incuestionable las posibilidades humanas, especialmente en campos como la medicina, la comunicación y el conocimiento científico. El problema no es la técnica en sí, sino su absolutización.

Cuando la técnica deja de ser medio y se convierte en fin, se produce una doble alienación: el objeto pierde su carácter instrumental y el ser humano pierde contacto con su propia esencia. Recuperar una relación sana con la técnica implica reinscribirla en un horizonte ético y ontológico que reconozca la finitud, el límite y el valor irreductible de la vida.


El interrogante “¿Tecnología o no-ser?” no es una provocación retórica, sino una pregunta ontológica urgente. El caso del joven que vende un órgano vital para adquirir un dispositivo tecnológico revela hasta qué punto la modernidad tardía ha desplazado los límites de lo pensable y lo vivible.

Más que denunciar un exceso individual, el análisis muestra una estructura de sentido en la cual el ser humano corre el riesgo de ofrecer su propia vida en sacrificio a los ídolos técnicos que él mismo ha creado. Pensar críticamente la técnica se vuelve así una tarea ineludible para preservar no solo la dignidad humana, sino la posibilidad misma de una existencia auténtica.

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